Contagiarse de lo bueno

Ilustración: Jean Julien

“Es seguro que si no se plantea y se procura un catálogo de virtudes, la empresa, descuidada, generará otro, pero de vicios.”

Por: Alberto De Legarreta

“En la vida y en la empresa: rodearse de gente alegre y virtuosa. Mantenerse lejos de los amargados y los viciosos.” Una recomendación que mandé a través de Twitter hace un par de días, inspirado por aprendizajes recientes en mi vida personal y por una charla con Raquel Origel, directora general de Risaterapia, una organización sin fines de lucro que se propone ayudar a las personas a descubrir la alegría en su vida.

Risaterapia, me contó Raquel, empezó como una organización para atender a grupos vulnerables de personas, como los muy enfermos, los ancianos o los afectados por desastres naturales. La promesa: brindar alegría a los que más la necesitan. Es una tarea necesaria y con una nobleza inspiradora, aunque no nueva ni exclusiva de esta organización.

Un innovador movimiento de Risaterapia, sin embargo, fue voltear a ver a otro tipo de grupos vulnerables: las personas dentro de la empresa. Los humanos somos seres sociales y, nos guste o no, la felicidad de cada uno de nosotros depende en gran medida de quienes nos rodean o tienen influencia sobre nosotros. En la empresa nunca estamos solos y la influencia, para bien o para mal, es inevitable. Es un gran riesgo para una organización o grupo de personas no atender la felicidad de sus integrantes, y para combatir esta vulnerabilidad nació Risaterapia Empresarial, bajo la premisa de que las empresas, hechas de personas, necesitan de la alegría para ser saludables y productivas.

Es una preocupación constante para mí, como director de operaciones de mi propia empresa, que nuestro equipo esté contento siempre. Hace años, cuando trabajé como empleado, tuve varias experiencias poco envidiables en lugares donde la alegría era la principal ausente. Un lugar que reúne a muchas personas que no sonríen no puede ser otra cosa que un nido de malas prácticas y vicios, donde la corrupción florece y marchita la prosperidad.

El llamado “ambiente laboral” o “clima organizacional” no es otra cosa que el estado de ánimo general de las personas, determinado por las costumbres -la ética- bajo las cuales convive un grupo de colaboradores. La alegría es indispensable, pero es sólo una de las virtudes que debemos promover entre nuestra gente.

Dicho de otra forma, la alegría debería figurar en el catálogo de virtudes –no valores– que toda empresa debería practicar. Este catálogo, aunque variable según la naturaleza de la empresa, es parte de la declaración estratégica de la misma. No es un listado de cosas bonitas y cursis, es una compilación de buenas prácticas cotidianas que deberían ser vistas y tratadas como requisitos tan relevantes como la puntualidad o la productividad en todos los niveles de la organización.

La importancia de este listado no puede menospreciarse, porque como vimos con el caso de la alegría ausente, es seguro que si no se plantea y se procura un catálogo de virtudes, la empresa, descuidada, generará otro, pero de vicios. La fuerza del hábito es fantástica cuando los hábitos son buenos, pero temible cuando son malos. ¿Cuántas veces no hemos pensado que luchar contra una corriente de corrupción es imposible, “porque así son las cosas“?

El catálogo de virtudes de Eudoxa incluye una que surgió de la necesidad de generar un equipo integrado y sonriente: la amistad. ¿Amistad en la empresa? Sí, es un tema de tabú. Regularmente se aconseja no mezclar los asuntos de la vida personal con los de la laboral, pero esta recomendación es generalmente malentendida e interpretada como que lo que suceda dentro de la empresa no debería afectarnos emocionalmente.

LEER MÁS: Amistad en el trabajo.

Sin embargo, aquello que no nos afecta emocionalmente nos provoca apatía y no puede resultarnos relevante a largo plazo. La amistad nos involucra emocionalmente con nuestro equipo de trabajo y favorece las condiciones para que otras virtudes, como la honestidad y la alegría misma, se desarrollen a plenitud. Claro que no podemos obligar a nadie a ser amigo de alguien, pero tampoco podemos obligarlo, en ningún sentido, a ser una persona virtuosa.

Entonces, ¿qué hacer? Volvamos al consejo inicial de este texto. Una persona, por más virtuosa que sea, difícilmente podrá mantenerse así si es sumergida en la turbulenta corriente de un grupo enviciado. Como individuos debemos procurar, pues, mantenernos a salvo de esos ambientes pantanosos y rodearnos de gente que nos contagie su propia alegría, su propia virtud. Porque así es la virtud cuando se haya en abundancia: contagiosa.

En caso de ser los responsables de fomentar la virtud entre nuestra gente, lo que debemos hacer es evitar la contratación o integración de personas que no tienen nada bueno qué aportar en términos de la misma a nuestros grupos de trabajo. O, en su defecto, atender directamente a las personas conflictivas, “enfermas”, para que resulten sanadas por el resto del equipo.

Finalmente, es importante considerar que lo que sucede en la empresa sucede también en la vida no laboral. Es imposible ser virtuoso en el trabajo sin ser virtuoso fuera de él también, y viceversa. Por eso, en la vida como en la empresa, debemos permanecer vigilantes de las relaciones que mantenemos. Así que, ¡a contagiarse de lo bueno!

3 comentarios en “Contagiarse de lo bueno

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