Ese doloroso éxito llamado coherencia

 

Ser empresario es vencer una montaña sin importar el dolor en las piernas y en los brazos, ni el sudor en la frente, ni la sangre ardiente que se escapa por las heridas que las rocas en el camino se empeñan en generar.

Por Juan José Díaz Enríquez

Un empresario es un hombre que, como he dicho antes, debe tener su vista en lo más alto y en lo más lejano. Es un hombre que debe estar comprometido con la bondad, la sabiduría y el heroísmo, tres grandes características que recuerda José Ingenieros en su libro “El hombre mediocre”.

Pero ser tal hombre, es decir: alcanzar el momento en el que uno viva según las virtudes empresariales, no es un proceso simple ni llano. Es, más bien, un escalamiento, una subida sobre un precipicio que todo el tiempo nos llama a caer en él. Ser empresario es vencer una montaña sin importar el dolor en las piernas y en los brazos, ni el sudor en la frente, ni la sangre ardiente que se escapa por las heridas que las rocas en el camino se empeñan en generar.

El que en esta subida tropieza puede levantarse. Debe levantarse. No importa realmente cuántas veces las rodillas se mancillen por los traspiés, siempre y cuando mantengamos el rumbo hacia la cumbre. El peligro no es caer, es no poder levantarse. No hay peligro mayor en tropezar, sino en perder el piso y ser devorados por el abismo que nos espera, cual infierno, con las fauces abiertas.

En esta subida que se ha emprendido existen varios momentos de crisis, de prueba, que debemos superar. Son escarpadas salientes que si las vencemos nos habrán dado un logro importante en nuestro ascenso, pero que pueden arrojarnos al vacío si nos equivocamos. ¡Y el mayor reto está en que hay que decidir cómo subir la saliente en tiempo real! ¡Al momento de subir no podemos detenernos a diagnosticar nuestras opciones, sólo nos queda confiar!

De todas esas salientes, quizá la más peligrosa es la que tiene que ver con las relaciones personales dentro de la empresa. Y no me refiero a noviazgos, matrimonios y cosas peores que pudieran darse entre colegas y subordinados, sino la simple y llana relación que se da entre cada persona dentro de la organización.

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Édouard Michelin, uno de los fundadores de la fábrica de neumáticos, resumió el reto del empresario frente a las relaciones de personas de un modo claro y profundo: “Vuestro deber número uno es amar a los obreros de los que sois responsables”.

¡Amar a los colaboradores! Menudo reto. Pero es un reto del tamaño de la saliente que queremos vencer. Marcelino Champagnat, fundador de los Maristas, descubrió el mismo reto en el ámbito de la educación: “para educar a un niño es preciso amarlo”. ¿Qué quieren decirnos Michelin y Champagnat cuando hablan de “amor”?

Definitivamente no hacen referencia a un sentimentalismo barato, ni a un idealismo opiáceo que culmine en la fundación de una comuna neo-hippie donde todos se abracen y se acepten en su apestosa desnudez.

Amar se trata de descubrir al hombre detrás del colaborador. Quitar el velo y las máscaras y encontrar el verdadero “yo” de la persona con la que colaboras. Omitir las leyendas, los chismes, las pretensiones… dejar atrás la apariencia y permitir el florecimiento de todo lo que cada quién puede ser. Así, un empresario responsable es aquél que puede dar respuesta a la pregunta: ¿quién es él, quién es tu colaborador?

Pero cuidado, hay un riesgo más en esta saliente. Un riesgo que se esconde bajo la tierra que asimos para seguir subiendo.

Amar a nuestros colaboradores no implica en absoluto someternos a una relación enfermiza que a nadie beneficia. Una empresa es una comunidad empeñada en construir el bien común y si en el descubrimiento de las personas encontramos un colaborador que debe irse, es nuestra obligación ayudarlo a retirarse con la mayor dignidad y el menor dolor innecesario posible.

Y no es un asunto menor, pues así como en una montaña la fortaleza del equipo es el único seguro de vida que nos queda cuando estamos volando sobre un risco, del mismo modo ocurre dentro de cualquier empresa. Un mal colaborador puede costarle todo a todos.

Al final, es un asunto de coherencia: la empresa, en tanto comunidad orientada al bien común, requiere la alineación de sus miembros a un catálogo de virtudes y principios que se reflejan en la productividad y en los resultados.

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Este último reto se vence con coherencia. Y es dolorosa. Al llegar el momento de ser coherentes, es normal sentir vértigo y un incontrolable temblor en todo el cuerpo. La decisión es absoluta, de lo que decidamos dependen muchas cosas… duele, duele mucho tener que decidir. Duele como los dedos asidos a una pequeña piedra de la montaña. Duele como el esfuerzo que se hace para no morir en el precipicio.

Pero ese dolor es el signo innegable de que todavía seguimos vivos.

Este post fue publicado originalmente en agosto de 2012.

 

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