“…sólo soy apasionadamente curioso”

“La curiosidad es una capacidad que debería fomentarse y trabajarse tanto en las escuelas como en los trabajos.”

Por Ana Belén Díaz Enríquez

Es conocida la frase de Albert Einstein que dice: “no tengo ningún talento en especial, sólo soy apasionadamente curioso”. Esta cita nos muestra una de las características principales de los grandes genios, inventores e investigadores que se han vuelto famosos a través de los tiempos: la curiosidad. El mismo Einstein, con todo y su impresionante capacidad intelectual, nos revela que lo importante no es nacer con alguna habilidad diferente o superior a las de los demás, sino simplemente desarrollar nuestro interés por algo. La curiosidad, pues, es la puerta que tiene cualquier ser humano para descubrir y crear.

Todos somos seres inteligentes y adaptados, capaces de ver y conocer nuestro mundo. Sin embargo, algunas personas llevan esa observación y conocimiento más allá: unen conocimientos, observan causas y efectos; se detienen a observar incluso aquello que puede parecer obvio y se hacen preguntas: ¿por qué?, ¿cómo?, ¿qué pasaría si…?

La curiosidad puede ser considerada una energía creativa; cuando una persona no se conforma con “lo dado” y se pregunta y busca resolver sus dudas, suele encontrar soluciones cada vez más creativas. La gente “apasionadamente curiosa”, como dice Einstein, sabe que si una solución no funciona la primera vez, hay mil otras formas de intentarlo.

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Los niños son curiosos por naturaleza, disfrutan observar y aprender de forma empírica y no se detienen para preguntar sobre cualquier tema que no entienden o conocen; todo para satisfacer ese deseo irrefrenable de conocer su mundo. Y esa curiosidad la satisfarán de cualquier forma que se les presente: observando, preguntando o experimentando.

Sin embargo, parece que esa curiosidad se duerme con los años. Conforme crecemos, la educación escolarizada y la presión social empiezan a frenar nuestra curiosidad, pues en la escuela nos enseñan que las cosas son de determinada manera y no de otra, y, en el afán por cumplir con nuestras responsabilidades y ser más productivos, cada vez nos damos menos tiempo para preguntarnos por todo lo que nos rodea o para sentarnos y observar detenidamente nuestro entorno.

Lo irónico de esta forma de educarnos y moldearnos “para ser productivos” es que termina siendo contraproducente: a fin de cuentas, los grandes descubrimientos se han logrado porque alguien se preguntó el porqué de algún fenómeno; las innovaciones más fuertes en el ambiente empresarial también han sido porque alguien se preguntó si esa era la mejor forma de hacer lo que estaba haciendo o había otra, o porque observó y distinguió alguna necesidad que sus competidores aún no descubrían.

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La curiosidad es una capacidad que debería fomentarse y trabajarse tanto en las escuelas como en los trabajos. Debemos darnos el tiempo para dejar salir ese lado inquisitivo, preguntarnos una y otra vez sobre cualquier cosa que nos llame la atención, y no detenernos ni avergonzarnos por preguntar.

Por otro lado, para que esa curiosidad tenga fruto debe haber un proceso posterior. No basta con ser curioso y ya, pues la curiosidad en sí misma puede quedarse como una capacidad poco productiva. La curiosidad es valiosa cuando da lugar a la investigación: si ya descubrí algo que llama mi atención, debo observarlo e investigarlo. Hay que unir conocimientos y empezar a generar hipótesis; no importa qué tan locas suenen, pues nada está realmente seguro: siempre existe la posibilidad de que se puedan encontrar otras formas de hacer las cosas, o de descubrir algo que nadie más ha visto.

Y una vez que tenemos una idea, hay que trabajar en ella y nunca darnos por vencidos. Si una idea no funciona, antes de considerarla un fracaso, hay que verla como la oportunidad de descubrir más, conocer más, lograr más.

En conclusión, se podría decir que la curiosidad es la que nos lleva a asomarnos por la mirilla del conocimiento, la investigación es la llave que puede abrir la puerta y perseverancia la mano que podrá girar la perilla. Si falta cualquiera de éstas, la puerta del conocimiento nunca se abrirá, o mejor dicho, esperará hasta que alguien más pueda abrirla.

Este post fue publicado originalmente en enero de 2015.

 

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