Preguntar para ampliar horizontes

“Al momento de plantear la pregunta, definimos también el horizonte en el que habremos de emprender la búsqueda. Hay que procurar que ese horizonte sea vasto y que sea el que nos interesa.”

Por Elizabeth G. Frías

Hacer una pregunta podría parecer uno de los actos más ingenuos y humildes. Se trata de admitir una zona de incertidumbre, detener por un momento la faena y formular esa interrogante mientras miramos, atentos, alrededor nuestro. Sin embargo, ese preguntar aparentemente ingenuo muchas veces es un lobo con piel de oveja. No quiero decir que el plantear una pregunta esconda intenciones poco rectas —aunque podría darse el caso—. No, pero sí digo que esconde intenciones. La pregunta misma contiene ya un señalamiento, una dirección del camino que debe tomarse para responderla. No sólo eso, sino que contiene también un atisbo de la respuesta. De cierta manera, desde el momento en que planteamos la pregunta, conocemos ya la naturaleza de la respuesta y el modo en que debemos alcanzarla.

En palabras del filósofo Martin Heidegger —a quien recurro más frecuentemente de lo que me gustaría admitir—: “Todo preguntar es una búsqueda. Todo buscar está guiado previamente por aquello que se busca.”

Lo diré con un ejemplo un tanto burdo. Si quisiéramos atrapar algo del agua de un lago, sería en vano tratar de conseguirlo con un colador. Y si quisiéramos capturar su sonido, de nada nos serviría una cámara fotográfica. El modo en que nos acercamos a ese lago —el modo en que lo interrogamos— determina, en buena medida, lo que obtendremos de él. No es que el lago sea distinto cada vez, sino que nuestro preguntar —y nuestros medios de investigación— se dirigen hacia aspectos diferentes del lago. Y al momento de acercarnos al lago con un recipiente o con una cámara de fotos, conocemos ya qué clase de cosa obtendremos de él. Conocemos, aunque sea de forma vaga, la meta de nuestra búsqueda.

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Un experimento bien conocido está en este video. Con suerte, algunos de ustedes no lo habrán visto aún. Se trata de mirar con atención y contar cuántos pases se realizan entre los integrantes del equipo blanco:

He de confesar que yo no vi el gorila la primera vez que vi el video. Mi cuestionamiento —mi búsqueda— estaba dirigido únicamente a los pases y, por consiguiente, lo que obtuve fue precisamente eso, y sólo eso. No parecen ya tan ingenuas las preguntas, ¿no es cierto?

En los textos de Heidegger, esta idea sobre el preguntar entendido como búsqueda —el preguntar de la fenomenología— conduce a replantear un cuestionamiento fundamental de la filosofía: la pregunta por el sentido del ser. Es necesario plantear esa pregunta de modo que el dominio en el cual pueda vislumbrarse la respuesta sea apropiado y suficientemente amplio (de otro modo, el gorila podría pasar desapercibido). Al momento de plantear la pregunta, definimos también el horizonte en el que habremos de emprender la búsqueda. Hay que procurar que ese horizonte sea vasto y que sea el que nos interesa.

Por fortuna, en este texto no seguiremos los laberínticos pensamientos del filósofo alemán. Pero sí retomaremos un matiz que esa idea sugiere: entender esa búsqueda como un trayecto, un recorrido a través de paisajes conocidos. Lo revelador es que el modo de plantear esa búsqueda puede transformar los terrenos conocidos en desconocidos. Si volvemos al ejemplo del lago, podemos imaginar que alguien que jamás se había acercado a él con una grabadora de sonido —o con una cuchara—, al emplearla, creerá estar descubriendo un lago totalmente nuevo. Lo mismo puede pensarse de los espacios que recorremos todos los días. Ahora mismo, por ejemplo, ¿cuántas respuestas distintas podría darnos el cuarto o la oficina en el que nos encontramos?, ¿de qué modo interrogamos este espacio cotidiano y cuántas otras preguntas podríamos hacerle? Las cosas se vuelven anodinas sólo si les repetimos siempre las mismas preguntas. Un espacio —un tiempo, un pasaje, una labor, un personaje— aburrido puede, de pronto, redefinir sus horizontes, ampliarlos, rebasar las paredes, si lo interrogamos de forma distinta.

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Aquí me es inevitable citar a John Cage, otro pensador al que visito asiduamente. ¿Qué distingue un ruido de un sonido, y qué hace distinto a un sonido de la música? Los sonidos ordinarios pueden ser música si se los considera de forma distinta. Seguramente lo cité ya en otro post: en algún texto, Cage proponía imaginar algún ruido molesto —la sirena de una ambulancia, por ejemplo— como una escultura sonora que tomara forma en el espacio a medida que se desarrollara. Otra idea (leída aquí) es darle nombre a los sonidos para cambiar la experiencia de ellos: pensar en una puerta que “se queja”, una corriente de aire que “suspira” o un motor que “refunfuña” hará que los escuchemos diferente. De ruidos podrían pasar a ser sonidos interesantes o, incluso, a componer una especie de soundtrack azaroso que sólo se deja escuchar por aquellos que preguntan por él.

¿Qué pasa, entonces, con el equivalente del ruido en el resto de nuestro entorno? No sólo con las cosas molestas, sino con las que nos son indiferentes o casi invisibles. Es casi como si hubiera una multitud de voces que no escuchamos porque no nos hemos dirigido a ellas. Una gama de matices y sentidos que podemos hallar con sólo plantear interrogantes nuevas. Así, al recorrer por enésima vez un lugar común —sí, también en aquel otro sentido de “lugar común”— podríamos encontrar ese soundtrack que había permanecido silencioso, esa narración que arroja una luz nueva sobre un territorio conocido.

Por supuesto, esta búsqueda no sólo puede emprenderse en entornos físicos, sino también en el terreno del pensamiento, al acercarse a una persona o a una situación. Visitar esos territorios con una interrogante distinta equivale a redescubrirlos. La intención contenida en la pregunta —la dirección que señala lo que encontraremos en ese territorio— y la atención con la que busquemos la respuesta se amplían y se enriquecen mutuamente durante el trayecto. Y entonces el terreno es siempre nuevo, está siempre habitado y siempre lleno de murmullos. Lo que hay que cultivar, entonces, es esa apertura que permita hacer preguntas más vivas, y esa atención que haga posible escuchar más de cerca las respuestas.

Este post fue publicado originalmente en octubre de 2013.

 

3 comentarios en “Preguntar para ampliar horizontes

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