¡Silencio!

Por Marina Díaz Enríquez

“No encuentro nada más valioso que darte,
nada más elegante,
que este instante
de silencio”.
—Jorge Drexler.

Estoy sentada frente a mi computadora con mil pendientes en la cabeza y otros mil sobre el escritorio. En mi Spotify aparece una recomendación: la nueva canción de Jorge Drexler, Silencio. No dudo en darle play.

Pasan diez segundos. Mi cerebro, empeñado en concentrarse para sacar la mayor cantidad de trabajo posible, coquetea con la melodía. ¡Concéntrate, Marina! Pasan veintiséis segundos más… Silencio…

Así fue la primera vez que escuché el nuevo material del cantautor uruguayo. No habían pasado más de cuarenta segundos cuando decidí dejar a un lado mis labores para ponerle atención a aquello que me resultaba tan misterioso.

No hablaré de progresiones musicales o del ritmo. Mi intención no es hacer una crítica musical —aunque me parece una muy buena pieza—, sino decir lo que evocaron en mí esas notas y palabras.

Mi cabeza estaba concentrada en los bullets que me faltaba palomear para cumplir con todas las responsabilidades del día. Sin embargo, entre ellos no aparecía “tómate quince minutos”, “descansa” o  “detente”.  

No sé si a ustedes les pase. Yo seguido me despierto pensando en los pendientes del día y me acuesto reflexionando en lo que no pude terminar y cómo acomodar el horario del día siguiente para, ahora sí, lograrlo.

El artículo de la Harvard Business Review, The busier you are, the more you need quiet time, menciona la importancia de tener momentos de silencio en nuestra agitada vida. La restauración de nuestro sistema nervioso, mantener nuestra energía y condicionar nuestra mente para ser más adaptable en el entorno complejo, son ventajas de los espacios con silencio contenido.

El doctor Luciano Bernardi descubrió que dos minutos de silencio entre piezas musicales estabilizan más los sistemas cardiovascular y respiratorio que la llamada “música relajante”.  No se trata de distraernos de nuestras actividades y pasar unos minutos en nuestras redes, debemos aprender la habilidad de concentrarnos en el silencio.

El artículo Contra la productividad: Memento Mori, publicado en este blog, habla del culto que se ha gestado alrededor de las palabras productividad, efectividad o utilidad. Menciona cómo el mensaje que le susurraban a los generales triunfadores —“Hominem te esse memento! Memento mori!” (“¡Recuerda que eres un hombre! ¡Recuerda que morirás!”)— pasó de interpretarse como un llamado a la prudencia, la humildad y a la celebración de la vida, a un llamado a la productividad.

Hay tanto que aprender, tantas entregas por hacer, tantas deudas que pagar, que vamos cargando nuestro cerebro de ruido innecesario que no nos deja concentrarnos.

En algunas religiones se estimula el silencio como una forma de trabajar el espíritu: la meditación para el budismo o el cuarto de hora de oración de Santa Teresa de Jesús para los católicos. Ahí, el silencio se ve como una virtud.

En una escuela de Baltimore, por ejemplo, se redujo a cero el número de castigos después de introducir la meditación en la vida de la comunidad escolar. Esto se logró gracias a Mindful Moment Room, una habitación creada por una ONG llamada Holistic Life Foundation, donde se les enseñó a los estudiantes a respirar y a meditar.

Es importante aprender a darnos quince minutos diarios de completo silencio. Sí, puede ser complicado por el entorno en que vivimos, lleno de tráfico, aviones, el nuevo capítulo por ver, el nuevo escándalo del Gobierno Federal por el cual enojarnos y un largo etcétera. El mundo no se va a ir a ningún lado, así que ¡date ese tiempo y desconéctate! ¡Dale un buen respiro a tu cerebro!

La próxima vez que te satures pensando: “Debo tomar el curso de animación, terminar la tarea de la Maestría, buscar las imágenes para el video del viernes, mandar lo que me pidieron en el voluntariado”, dile a tu mente: ¡Silencio!

“Y cuando el ruido vuelva a saturar la antena 
y una sirena rompa la noche, inclemente 
no encontraremos nada más pertinente 
que decirle a la mente 
detente”.

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Marina Díaz Enríquez

Comunicóloga apasionada del diálogo y el encuentro. La educación, la música y el deporte son los medios más puros para la transformación del mundo; mi vocación está en su relación.

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