Entre la hija de Poseidón y la Hydra hambrienta

Por: Juan José Díaz E.

En la mitología clásica los hijos de Poseidón eran famosos por horrendos y la Hydra era conocida por su capacidad de regenerar sus cabezas. Si lo pensamos, en conjunto son una relación perfecta para la base de una tragedia griega:

Cierto pueblo descubre con sorpresa que lo acecha vorazmente la Hydra y que quiere devorar a los habitantes del lugar. Desesperados, los habitantes buscan y rebuscan opciones para salvar el pellejo.

Milagrosamente, por el mismo tiempo descubren que Poseidón ha engendrado hijos horrorosos en las inmediaciones del pueblo. Son pequeños críos todavía, deformes bebitos que -lo saben bien las mentes cultas- crecerán cual Polifemo y se tornarán violentos para la tranquilidad del pueblo.

¡Los dioses han escuchado sus plegarias! La Hydra acecha y muerde, pero Poseidón ha donado el manjar. El pueblo decide alimentar a la bestia con la carne pingüe de los horrendos críos. El monstruo se controla. Pero su hambre aumenta pues a cada bocado su estómago crece. Poseidón no puede -no quiere- ofrendar más hijos a la bestia. La sangre ofrecida en sacrificio ha dejado sedienta a la serpiente de mil cabezas. El riesgo se contuvo un tiempo pero ahora es imparable.

La Hydra venció a todos. Creció al punto de no poder ser controlada. Asestó la mortal mordida contra el pueblo que tranquilo la había alimentado.

La metáfora aparece también en la pluma de Ed Catmull, presidente ejecutivo de Pixar y autor de Creativity, Inc., un libro que debería ser obligatorio a partir de la preparatoria. Ed Catmull acuña la figura de la bestia hambrienta y los bebés feos en el contexto de las empresas exitosas y la innovación.

 

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Ed Catmull

 

La empresa, sus procesos, sus organismos y jerarquías son la bestia hambrienta. Cada que tiene un éxito crece, se fortalece y exige más atención y recursos. Pero la obvia paradoja es que mientras más crece la empresa menos se enfoca en crear y más se enfoca en operar, administrar, controlar los riesgos y demás. Y las personas que hacen la empresa (dueños, directivos, operadores… todos) corren el riesgo de solamente enfocarse en alimentar a la bestia, suponiendo que así están salvados, seguros.

Por su parte, la innovación es un bebé feo. Es débil, tierno y delicado, no puede defenderse a sí mismo y depende de sus progenitores para avanzar en la vida y tener posibilidades de sobrevivir. Pero su misma existencia es un riesgo para la bestia: los cuidados distraen, gastan recursos, generan pocas ganancias. Por lo tanto es necesario detener a estos bebés feos. La bestia se los traga: los mismos miembros de la empresa son los que toman estas ideas feas y las arrojan a las fauces de la operación y el éxito cotidiano. Creen que protegen su futuro, cuando en realidad firman su sentencia de muerte. Cuando ya es demasiado tarde se dan cuenta de su error: la operación, lo cotidiano, lo seguro, ha crecido como Hydra y termina por matar a las empresas.

Con esto en mente, y a días de celebrar la mayor jornada electoral de México, vale la pena reflexionar sobre nuestro País, sus instituciones y su democracia.

No pretendo hacer un análisis técnico, sino invitar a la reflexión y proponer una perspectiva, un mindset, con el cual podamos acudir a votar el próximo domingo.

Pienso que si siguiéramos la metáfora de la Hydra y los hijos de Poseidón, el pueblo somos los mexicanos; la Hydra es nuestra estructura de gobierno y la democracia es el bebé feo.

Durante los últimos cien años (aproximadamente), México ha pugnado salvajemente por construir las instituciones y estructuras que le permitan erigir un gobierno representativo. En este siglo decidimos por un corporativismo que ha coqueteado tanto con el autoritarismo, como con el socialismo, neoliberalismo y muchos otros -ismos que lo han ido conformando poco a poco.

La estructura partidista es efectiva: permite el cambio de gobierno de un gobernante a otro sin necesidad de los caudillos decimonónicos. Permite los acuerdos y los enfrentamientos en tres órdenes de gobierno. En fin, permite la eficiencia gubernamental. Es decir, se ha erigido como una Hydra.

La democracia es, en cambio, un bebé feo. Todavía no es perfecta: ha avanzado mucho pero también ha retrocedido gravemente. Ha logrado algunos éxitos (ya sabe decir “papá”), pero sus fallas apestan y si no las atendemos prontamente se convertirán en bombas tóxicas (aún se llena de caca los pañales). Pero, por más fea que sea es necesario protegerla. La eficiencia estructural quiere asesinarla, ésa es su naturaleza.

Estos intentos de Hydra hambrienta los vemos en los partidos tomando el IFE ciudadano, pero también en los miles y miles de votos informales en Facebook de personas que afirmaban preferir un fraude al triunfo de tal o cual candidato (vi el experimento en dos sentidos: AMLO vs el fraude y Anaya vs el fraude: en ambos alrededor de 33% de los votantes querían proteger la democracia de la democracia misma).

Por esto mismo, es indispensable darnos cuenta como ciudadanos, como miembros del pueblo mítico del inicio de mi texto, que no podemos salvar nuestro pellejo alimentando a la bestia. Tenemos la obligación de cuidar al crío horrible.

Debemos reconocer que hemos logrado construir instituciones sólidas a la par que les exigimos a las instituciones que se comporten a la altura de la democracia. Debemos reconocer que aunque las cosas están mal y deben cambiarse, también hemos logrado caminar hacia adelante durante los últimos años: falta mucho por hacer, pero faltará más si deconstruimos los peldaños en los que nos hemos encaramado.

El riesgo es alto y no es exclusivo de México. Ante los cambios acelerados y profundos que está viviendo el mundo es normal que queramos protegernos y regresar a lo que aparenta ser seguro: lo inmóvil, lo controlado, lo que ya sabemos cómo funciona. Es la reacción conservadora: la que en otros países ha llevado a escoger presidentes como Donald Trump o a estar demasiado cerca como con Marine Le Pen. Es el deseo de regresar a un pasado glorioso o de controlar los cambios horribles que nos trae el mar océano con cada hijo suyo.

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Pero no podemos tomar peor decisión. Necesitamos confiar en nosotros como pueblo: hemos avanzado como México en el mundial: con aciertos y errores. Pero ante el miedo de perder en el cuarto partido no se vale pedirle a la FIFA que acepte un fraude en contra del juego. No se vale tirar a la basura el triunfo contra Alemania. No se vale. Debemos exigir respeto a las reglas y, gane quien gane el próximo 1 de julio, exigirle una cosa: debe ser un presidente a la altura de México y de su futuro. Después de todo, sólo arriesgando el cuidado de la horrenda democracia salvaremos a nuestro pueblo de la conservadora Hydra, de la bestia que quiere todo igual, inmóvil, pasado. Pues, como diría el preclaro Alejandro Llano: el diablo es conservador.

Juan José Díaz Enríquez

“Construyamos un mejor México.”
Es filósofo, melómano apasionado y docente.
En Eudoxa es Director General y Director de Innovación.

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